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El amor, un Desorden Obsesivo Compulsivo

Cuando alguien acampa en tu cabeza

y, con todo, en este trance
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance
(San Juan de la Cruz)

Mucho se ha escrito, dicho y cantado sobre el amor sin que filósofos, poetas, antropólogos y eruditos varios hayan podido llegar a un acuerdo sobre qué es. A mí me gusta la definición que ofrece la antropóloga Helen Fisher, profesora de del Departamento de Antropología de la Universidad de Rutgers y autora del libro Why Him? Why Her?: Finding Real Love By Understanding Your Personality Typel amor sucede cuando “alguien acampa en tu cabeza”.

La Resonancia Magnética Funcional ha permitido a Fischer obtener imágenes cerebrales de voluntarios/as que se encuentran, según sus testimonios, en diferentes estados amorosos. La idea que se deriva de sus investigaciones es que el amor tiene su comienzo mucho antes de que alguien llegue a instalar su tienda de campaña en nuestra cabeza.

En un primer momento existe en cada uno de nosotros un instinto primario de la búsqueda de placer sexual y de encontrar una pareja. En esta etapa el deseo está ligado a los niveles de tetosterona en sangre. Tanto los hombres como las mujeres tienden a aumentar su actividad sexual cuando aumenta el nivel de tetosterona. Existe un grupo de células del hipotálamo llamado INAH3 (núcleo intersticial del hipotálamo anterior número 3) que está más desarrollado en los cerebros masculinos y que  es responsable de la recaptación de tetosterona.

El nivel de excitación de un sujeto cuando se le muestran imágenes de contenido sexual explícito  muestra un aumento de actividad del córtex cingulado anterior, un área relacionada con la fijación de la atención. El lóbulo frontal juega un papel fundamental tanto en la elaboración de ideas abstractas como en la conducta sexual que manifiestan las personas. Los daños en el lóbulo frontal dan lugar a extraños comportamientos sexuales como la erotomanía, una obsesión delirante que lleva a pensar a las personas que la padecen que otra persona, generalmente alguien famoso, está enamorada de ellos. También Oliver Sacks nos cuenta el caso de Natacha K. que ha sus 87 años, tras reaparecer una infección de espiroquetas de neurosífilis que había permanecido latente durante más de setenta años, empezó a mostrar una conducta desinhibida y según sus propias palabras se encontraba “retozona”.

Las áreas del lóbulo temporal próximas al lóbulo frontal también están involucradas en la función sexual. Lesiones en esta zona  próximas a la amígdala provocan el conocido como síndrome de Kluver-Bucy. En estos casos, el paciente  tiende a llevarse cualquier objeto a la boca o intenta tener relaciones sexuales con cualquier cosa. Una posible causa de este tipo de síndromes es que las lesiones corticales de esta zona impiden que se produzca una inhibición del núcleo ventromedial produciendo una necesidad continua de comer y de mantener relaciones sexuales a toda costa. La incapacidad de discriminar con qué se copula podría estar ligada a la incapacidad para reconocer categorías de objetos, función también localizada en el lóbulo temporal.

Putamen

Putamen

En los trabajos realizados por Bartels y Zeki del University College de Londres («The neural basis of romantic love» NeuroReport, nº 11. 2000) se estudian los correlatos neuronales que existen en el “amor romántico”. En personas a las que se les mostraba el rostro de la persona amada se activaban áreas específicas que no aparecen involucradas en tareas de reconocimiento de rostros. Estas áreas incluían la ínsula, el núcleo caudado, el putamen y el cerebelo, áreas relacionadas con la coordinación de movimientos y sensaciones.

área tegmental ventral

Una réplica de estos trabajos coordinada por Lucy Brown del College of Medicine Albert Einstein detectó que en aquellas personas que se encontraban en una fase primaria del amor, aproximadamente algo más de un año de relación, también registraba una intensa actividad el área tegmental ventral, (VTA)que es un área vinculada a sensaciones de placer que también se activan con el consumo de cocaína y de heroína.

Cuando zarpa, el amor navego a ciegas

En una segunda fase del amor, la que se conoce como amor romántico y se corresponde con lo que se suele entender por “estar enamorado”, los sujetos manifiestan una clara “atracción sexual selectiva”.

Efectivamente Kamela tiene razón, cuando zarpa el amor, navego a ciegas (un mínimo de pudor me impide poner el video). Las características propias de esta fase del amor coinciden con los síntomas de un Desorden Obsesivo Compulsivo (DOC), en el que los sujetos no parecen responder a criterios racionales de comportamiento. Las personas que padecen un DOC tienden a comportarse de manera irracional y con conductas repetitivas. En esta fase de enamoramiento, las personas persiguen de forma obsesiva a la pareja, alteran su comportamiento habitual mostrando insomnio, taquicardias,  (130 pulsaciones por minuto); se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular y se produce también un aumento de los glóbulos rojos. Es común la falta de apetito, la dificultad para mantener la concentración, y lo que puede ser más peligroso, una total idealización de la persona amada que les lleva a tener una representación de la misma totalmente distorsionada.

Las emociones y sensaciones que se producen en esta fase del amor son más fuertes que las que se dan en la primera, al fin y al cabo, dice Fischer, nadie se suicida por un intento fallido de llevar a la cama a otra persona. Lo característico de esta fase romántica del amor es el aumento de placer y de la motivación para estar con la persona amada, y el profundo sentimiento de tristeza que se produce ante su ausencia.

Las sensaciones de euforia que se producen en los primeros periodos de esta fase –el “aquí te pillo y aquí te mato”- están ligadas a la combinación de dos agentes bastante “peligrosos”, la feniletilamina, un compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas, y la dopamina. La dopamina está ligada al placer y a los sistemas de recompensa y motivación del cerebro.

Por cierto, la feniletilamina se encuentra en el chocolate, y esto ha llevado a algunos investigadores a sugerir que el alto consumo de chocolate sería un modo de combatir la abstinencia.

Fundamental en todo este proceso es el papel que juegan la oxitocina y la vasopresina. La oxitocina es segregada por la glándula pituittaria , estimula la contración de útero, lo que viene muy bien para el parto y también para las relaciones sexuales. La vasopresina es un antidiurético y controla el volumen y la presión en la sangre. Esta sustancia es fundamental para el mantenimiento de la memoria y se usa como un estimulador de la cognición. Dado el papel que la vasopresina y la oxitocina juegan tanto en proporcionar una sensación de bienestar como en el reconocimiento, parece normal que estén vinculadas a la fidelidad y al reforzamiento de los lazos amorosos entre los amantes.

Los trabajos realizados por Larry Young de la universidad de Emory con unas familias de topos que muestran conductas muy diferentes con sus parejas y con su prole, han permitido vincular la presencia de vasopresina en las relaciones estables en una pareja. El microtus ochrogaster o topillo de la pradera tiene el comportamiento sexual de Michael Landon en la Casa de la Pradera. Se mantienen monógamos durante su vida e incluso no vuelve a encontrar pareja aunque enviuden. También son colaboradores y se preocupan del mantenimiento de la prole. Por el contrario, sus primos los topillos de la montaña (microtus montanus), mantienen una vida disoluta en lo que respecta a sus relaciones de pareja y no se preocupan de sus descendientes. Al parecer, es la vasopresina la que determina la vida sexual de los topillos. Un gen es responsable de generar el neuroreceptor de la vasopresina, así que aquellos topillos que tienen ese gen fabrican el neuroreceptor en las cantidades apropiadas, y como consecuencia sus portadores son fieles hasta que la muerte los separa. Cuando a una hembra de topillos de la pradera se le inyecta una fuerte dosis de oxitocina establece una relación con el topillo que se encuentre más próximo.

Los trabajos publicados en 2005 (Kosfeld, Heinrischs, Zak, Fischbacher y Fehr«Oxytocin increases trust in humans» . Nature (435) relacionan un incremento en los niveles de oxitocina con la capacidad de las personas para asumir riesgos sociales y el aumento en la confianza interpersonal. Efectivamente, como todos vosotros estáis pensando, esto se puede comercializar. El Enhanced Liquid Trust se vende (desconozco sus efectos) como un “regulador de la atmosfera que nos rodea” con el objeto de mejorar nuestras expectativas de éxito social.

En un trabajo muy similar, la doctora Donatella Marazziti, psiquiatra de la universidad de Piza, buscó parejas que estuviesen enamoradas en un periodo de seis meses, pero que no hubiesen mantenido relaciones sexuales. Misteriosamente encontró a los sujetos experimentales (17 mujeres y 3 hombres) y les midió los niveles de serotonina en sangre. El análisis mostró un nivel de serotonina un 40% más bajo que en las personas que formaban el grupo control, personas que ni estaban enamoradas ni padecían un DOC, de ahí que se pueda afirmar que el amor produce locura, pero sólo temporal.

L is for the way you look at me
O is for the only one I see
V is very, very extraordinary
E is even more than anyone that you adore and

La locura del amor por suerte es temporal, y en un periodo de un año, año y medio, el coctel químico vuelve a los niveles aceptables. No podemos estar toda la vida navegando a ciegas, además es necesario desplazar la atención hacia los resultados del amor, no podemos estar cambiando pañales, dado biberones cada tres horas, lavando ropa y jugando, si tenemos todas nuestras energías y potencialidades dedicadas a los lances amorosos.

La última fase del amor es quizá la más curiosa. En esta fase, se sustituye la pasión por el compañerismo, el afecto y el apoyo mutuo. Arthur Sazbo ha realizado un estudio en el que se afirma que los hombres que se despiden de sus esposas por la mañana con un beso ganan entre un 20% y un 30% más, pierden menos días de trabajo y viven cinco años más.

Aunque también se vincula esta fase con un proceso de autoaceptación. Los trabajos de Lisa DeBruine permitían simular un juego en el que las personas podían compartir su dinero con personas desconocidas a las que sólo les veían las caras a través del ordenador. Lo interesante es que detrás del ordenador no había otras personas. La imagen de los supuestos compañeros era generada por un ordenador a partir de los rasgos de los sujetos experimentales. Las personas sólo compartían su dinero con aquellas imágenes cuyos rasgos eran similares a los suyos.


Yo, mi Smartphone y yo mismo

¿Es Bruce Banner responsable moral o penal de los desmanes que va causando Hulk por el mundo?

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Póster de la película

Lo reconozco, de pequeño no leí El Principito ni Juan Salvador gaviota. Y en mis años de instituto, pronto descubrí que me resultaban más interesantes los dilemas morales, políticos y metafísicos que me encontraba en los comics de Marvel, que los problemas que me presentaba El conde de Lucanor (menudo peñazo). Probablemente la lectura de comics ha ocasionado algún tipo de trastorno neurocognitivo del que ya no cabe solución alguna. A mi edad, la plasticidad cerebral  no me puede ayudar ya mucho. Así que para aquellos que eran formales y  dedicaron su tiempo a leer los libros que proponían  los profesores, en lugar de disfrutar con los vuelos siderales de Estela Plateada, los pondré en antecedentes. (Que pena que entonces no existiera” el rincón del vago”, cuantos comics me quedaron por leer de la saga de los Vengadores)

El doctor Bruce Banner era un eminente científico dedicado a la investigación con rayos gamma,  hasta que un fatídico día, como suele pasar en estos casos, un accidente provocó que recibiera una dosis de los dichosos rayos gamma. Como consecuencia, B. Banner se transformó en el terrible Hulk, un sujeto de color verde cuya capacidad intelectual estaba en una relación inversamente proporcional a su masa corporal, vamos que Hulk era tonto, pero eso sí con una fuerza descomunal, capaz de apartar un tanque de un puntapié. La transformación de Banner en Hulk no era permanente. En condiciones normales Banner intentaba buscar una cura a su problema, pero cuando algo le enfadaba no podía controlar su otro yo y se transformaba en Hulk destrozando entonces todo lo que se encontraba a su paso.

Esta es la situación de partida que nos propone Keven Kinghorn (tutor de filosofía en Oxford) en su artículo «Cuestiones de identidad: ¿es el increíble Hulk la misma persona que Bruce Banner» publicado en el libro Los superhéroes y la filosofía. -Tom Morris –Mat Morris (ed.)- y aquí es donde empiezan los quebraderos de cabeza filosóficos. ¿Podría un magistrado juzgar a Bruce Banner por los destrozos que causa Hulk?. En otros términos, ¿Qué es lo que hace que tengamos la sensación de que existen un yo continuo en el tiempo? ¿Dónde reside el yo? ¿O acaso el yo puede cambiar y  ellas tienen razón cuando, después de que pases un verano de marcha con los colegas, comentan con sus amigas, ese no es mi Juan de Dios, que me lo han cambiado?Los superheroes y la Filosofía

El doctor Kinghorn propone algunos intentos de solución a este problema y las paradojas a las que dan lugar. Comentaremos algunas de las propuestas, y buscaremos dentro del cerebro (o fuera, como podremos ver) algunas explicaciones.

Una de las teorías que podrían explicar la “mismidad del yo” que dirían Ortega o Heidegger (joder que día llevamos) se basa en la identidad corporal. Identificamos el yo o la identidad personal con la identidad corporal. Incluso con el paso de los años, la foto de Carmen vestida de gitanilla en la feria del Corpus cuando tenía cuatro años nos remite a Carmen la que taconea y pasea su arte por los escenarios de Motril y sus alrededores, unos cuantos años más tarde. Decimos que ambas fotografías son imágenes de la misma persona porque pensamos que existe una continuidad corporal, y aunque evidentemente ha cambiado y ha mejorado con el tiempo, la persona, su yo, sigue siendo el mismo.

Esta teoría comúnmente compartida, puede dar lugar a extrañas paradojas. Supongamos que en un estado muy desarrollado de la cirugía y de la robótica, se podrían sustituir partes de un ser humano por prótesis artificiales o por trasplantes de órganos naturales. Si a un sujeto se le cambiase poco a poco todas las partes de su cuerpo, ya no habría continuidad entre la identidad personal y la identidad corporal, así que la identidad personal debe estar en otro lado.

Se podría argumentar, que en realidad no hace falta una continuidad entre la identidad física y la identidad personal en un sentido estricto, sino que bastaría con que se diese una relación causal entre las acciones y los estados mentales de un sujeto en un tiempo t y las acciones y estados mentales del mismo sujeto en un tiempo t’ anterior a t. El yo es algo que se va construyendo en el tiempo, y somos una consecuencia de nuestros actos pasados. Pero entonces tendríamos que asumir que ese yo es algo muy inestable. Si una persona que ha sufrido una ablación del cuerpo calloso, y como consecuencia se han separado sus dos hemisferios cerebrales generando dos consciencias radicalmente distintas, una considera que la obra “Einstein in the beach” de Philip Glass es algo sublime, mientras que la otra daría su vida por asistir en primera fila a un concierto de Kamela, ¿podríamos establecer una relación causal cuando el yo original se ha escindido? Multihombre era un superhéroe de dibujos animados que tenía la capacidad de multiplicarse a sí mismo para combatir a los supervillanos. Todos esos nuevos multihombres estaban controlados por la voluntad del original, pero ¿y si perdiese el control sobre algunos de ellos? ¿Sería responsable de lo que estos hicieran?

¿Y si la idea de la existencia de un “yo unificado” fuese una mera ilusión generada por nuestro cerebro? Ramachandran y su colega  William Hirstein mantienen una parecida. Consideran que el yo unificado del que somos conscientes es en realidad un yo que tiene muchas caras. Vamos a indagar dentro del cerebro para analizar las distintas caras del yo y buscar dónde se alojan.

Lóbulos parietales

De un lado tenemos un primer yo encarnado, al que asociamos con nuestro cuerpo (las res extensa de Descartes) y que es responsable de que tengamos una imagen corporal. En la construcción de esta imagen corporeizada del yo intervienen circuitos de los lóbulos parietales y zonas de los lóbulos frontales a las que están conectados. Una lesión en los lóbulos parietales puede generar una hemiasomatognosia, que impide al enfermo reconocer mitades de su propio cuerpo, o provocar distorsiones de la imagen corporal. Ramachandran cita el caso de una paciente que aseguraba que la mitad izquierda de su cuerpo permanecía sentada cuando ella se levantaba.

Un segundo rasgo del yo es el yo pasional. El sistema amigdalino y el sistema límbico son los responsables regular nuestras emociones. Las amígdalas reciben información de la corteza insular encargada de transmitir información de la piel o de órganos internos. Las patologías ligadas a lesiones en estas zonas son responsables de auténticos cambios en el yo o en el reconocimiento de otras personas (Sindrome de Capgras); de la acentuación de los rasgos personales como consecuencia de una epilepsia del lóbulo temporal; o incluso generar la sensación de que uno se ha muerto llegando incluso a oler la carne podrida (Sindrome de Cotard) -Dios nos libre-. En algunos casos, las epilepsias del lóbulo temporal dan lugar a que las personas que las padecen tiendan a generar continuamente “pensamientos abstractos”, se les identifica porque son discutidores (cuando agarran un tema no lo sueltan), egocéntricos (suelen hablar de sus problemas o centrar la discusión en torno a sus problemas) y les da por tener pensamientos aparentemente complejos y de una abstracción exagerada, vamos unos/as auténticos  pelmazos (no hay estudios de que sean adictos a Intereconomía, pero se sabe que en algunos casos de epilepsia del lóbulo temporal (quiero recordar que el izquierdo), se hacían votantes del partido republicano en EE.UU, y ultraconservadores) .

Sistema límbico

El yo ejecutivo es el responsable del control de nuestras acciones cotidianas y limitan nuestras acciones a aquellas que son razonables. Nos dice lo que podemos y lo que no podemos hacer. El cerebro ejecutivo nos proporciona una representación tanto del cuerpo como del entorno en el que está situado, de manera que ambas representaciones puedan interactuar. Cuando se produce una lesión en el giro angulado anterior, el sujeto es incapaz de tomar decisiones (mutismo acinético). En ocasiones se produce un efecto realmente sorprendente en el que partes del cuerpo, la mano realiza acciones independientes de la voluntad del sujeto.

El yo mnemotécnico. El poder que juega la memoria en la consolidación de un yo estable y unificado es esencial, y aquí interviene el hipocampo, nuestro disco duro temporal. La pérdida de una parte del hipocampo puede provocar, dependiendo de lo severa que sea la lesión, que el sujeto no pueda adquirir nuevos recuerdos.

La conciencia de las sensaciones  asociadas a las percepciones que recibimos están ligadas a la actividad  que se genera en torno al giro cingulado anterior y estructuras límbicas que se prolongan hacia células situadas en el núcleo talámico, que a su vez se activan por células del tronco encefálico.  Todas estas estructuran conformarían el yo vigilante. Cuando hay alteraciones en estas zonas, una hiperactividad de las células del tronco encefálico provocan alucinaciones visuales de dibujos animados, figuras geométricas, animales o personas (alucinosis penduncular). Las personas que padecen esquizofrenia poseen el doble de células en los núcleos del tronco encefálico, lo que podría explicar sus alucinacines.

La necesidad de integrar nuestras vivencias de una forma coherente daría lugar al yo unificado. También es necesario que el yo pueda tener reflexiones sobre sí mismo, y para ello el yo tiene que tener acceso a su autobiografía, a la información sobre la imagen corporal que genera y a la representación de su entorno, en el que se incluye de manera especial el entorno social. Todos estos procesos están regulados por lo que Ramachandran llama el yo  conceptual y social.

Para Kinghorn, es precisamente esta identidad social, la que nos permite mantener relaciones con otras personas, la que permite construir el yo unificado, continuo y consciente. Esta necesidad del cerebro de ir más allá de los confines del cráneo e involucrar al entorno para generar una identidad consciente encaja muy bien en una concepción dinamicista de la mente. Los modelos cognitivos basados en arquitecturas dinamicistas interpretan la cognición como un proceso emergente y autoorganizado en el que se deben integrar tanto los factores relacionados con la actividad neuronal como los cambios producidos en el organismo y el medio en el que el sujeto está inserto. El modelo resultante es por lo tanto un modelo extendido que concibe tanto al sujeto y al medio como elementos que configuran un mismo sistema en el que cobra una especial importancia la dimensión temporal. De esta forma se explica cómo los procesos cognitivos resultantes de la interacción del agente con el entorno van evolucionando a través del tiempo.

La idea de una mente extendida se debe a los filósofos Andy Clark y David Chalmers. En 1988 publicaron “ The extended mind” (Analysis 58:10-23, 1998)en el que sostienen que los elementos externos del entorno social y material forman parte de los sistemas cognitivos, y en gran medida, responsables de estos procesos.

En un artículo publicado por Andy Clark en las páginas de opinión del NY Times (Out of Our Brains. Diciembre, 2010) lanza la sorprendente hipótesis de que en esos elementos culturales externos a nuestros cerebros que ayudan a conformar nuestra vida consciente, intervienen de forma fundamental nuestras últimas adquisiciones tecnológicas –iPad, Smartphones y BlackBerrys- amplían nuestros recursos biológicos de muchas formas. En su forma más extrema, no sólo como herramientas que nos ayudan a tomar decisiones o de organizar el tiempo, sino como elementos que pueden ser incorporados a nuestras estructuras biológicas naturales, la posibilidad de reparar funciones cognitivas deterioradas mediante el implante de neuronas artificiales y circuitos no biológicos, nos permitirían interactuar con los dispositivos electrónicos con los que ya estamos familiarizados de forma directa mediante vínculos que conecten estos dispositivos directamente a nuestra actividad mental.

Android

Acabo de encontrar el asiento del alma (res cogitans cartesiana), se ha desplazado de la silla turca al sistema operativo android de mi Smartphone. Espero que no tenga que resetearla.


¿Es posible simular el cerebro humano?

¿Pueden los avances producidos en computación, unidos a un mejor conocimiento de cómo funcionan los procesos cerebrales permitirnos construir una simulación del cerebro humano?

La respuesta es afirmativa, al menos así piensa  Luis Bettencourt, investigador en Los Alamos National Laboratory y profesor en el Santa Fe Institute, en una entrevista publicada el 9 de mayo en Scientific American.

El córtex visual humano opera a una velocidad de un petaflops. Un petaflops es una unidad que se usa para medir el rendimiento en computación de operaciones en coma flotante, que son aquellas operaciones en las que se requiere realizar operaciones aritméticas con números reales extremadamente grandes y pequeños. El acrónimo para expresar la operaciones en punto flotante por segundo es FLOPS (Floating poitn operations per seconds). Las operaciones en las que se usan unidades superiores a un FLOPS se expresan en el Sistema Internacional de unidades  mediante prefijos como  mega, giga, tera.  En concreto, un petaflops es 1015, aunque existen unidades mayores todos ellos con nombres de golosinas (zettaflops 1021  o yottaflops 1024). Supercomputadores como Tianhe 1A  de China (2,5 peta) o Blue Waters, desarrollado por la Universidad de Illiniois, pueden tener un rendimiento máximo de 10 petaflops y un rendimiento sostenido de un petaflops, por lo que en principio, se dispondría del potencial de cómputo necesario para simular los procesos cerebrales.

Tianhe 1A1

Se calcula que esta capacidad de cómputo se verá incrementada en los próximos 10 años. Para ello, los investigadores que participan El Proyecto Cerebro Humano ( HBP,) entre los que se integra la Universidad Politécnica de Madrid,  pretenden disponer de supercomputadores en 2023 y un presupuesto de 100 millones de euros anuales durante una década.

El concepto clave al que están vinculadas estas investigaciones es el de ‘simulación’. Hay al menos dos grupos de investigación dedicados a simular el cerebro humano. De un lado, el proyecto liderado por Dharmendra Modha en el IBM Almaden Research Center, y de otro, el que se desarrolla en la Ecole Polytechnique Féderale de Lausanne, dirigido por Henry Markram.

El problema, sostiene Bettencourt, es que las simulaciones que se centran en describir los procesos de sinapsis fracasan debido a la complejidad de los fenómenos que tienen que describir y a la cantidad de energía necesaria para realizar las simulaciones. Lo que el cerebro puede hacer usando 20 o 30 vatios, un supercomputador que trabaje en petaescalas necesita megavatios, así que esta sería una solución energéticamente poco eficiente. Por lo tanto, el intento de simular los disparos neuronales individualmente fracasará en su intento de simular un sistema tan complejo.

Una posible solución al problema, apunta Bettencourt, pasa por comenzar a simular sistemas más simples, como los que podemos encontrar implementados en insectos. O bien, simular estructuras cerebrales aisladas de la totalidad del sistema, por ejemplo, el sistema visual,  el sistema motor, o el lenguaje (neurosemántica).

El problema que subyace a este tipo de investigaciones en los campos de la Neurociencia y de la Inteligencia Artificial es el de si tenemos una teoría adecuada y unificada de cómo funciona un cerebro y en qué consisten los procesos cerebrales que dan lugar a procesos tan complejos como el razonamiento, las emociones o el juicio estético.

Los proyectos de investigación no pueden quedar bloqueados hasta que científicos, filósofos e ingenieros en computación se pongan de acuerdo sobre cómo trabaja el cerebro y cuál es la mejor manera de simular su funcionamiento, si finalmente es esto lo que se quiere hacer. La estrategia de trabajo que el equipo de Bettencourt están siguiendo para simular el sistema visual es la de entrenar modelos de computación  mostrando imágenes y videos obtenidos de internet y analizar cómo el sistema responde. En última instancia se trataría de entrenar un sistema artificial de la misma manera en la que el cerebro de una persona se entrena en los primeros años de su vida, y estudiar cómo el sistema puede evolucionar en el tiempo y en función de los imputs presentados. De esta manera, se pueden crear modelos que simulen la actividad cerebral en niveles de complejidad controlados, con el objetivo final de acoplar esos modelos para obtener una simulación de sistemas de complejidad mayor.

Los problemas no acaban aquí, tan sólo acaban de comenzar. Las dos estrategias de investigación lideradas por  Modha  y Markhram han generado disputas que van más allá de la competición científica. En una carta pública dirigida a Bernad Meyerson – director técnico de IBM- Markhram acusa al proyecto de Modha de ser una gran “estafa” y que su programa para simular el cerebro de un gato no fue más que un fraude.

Los dos proyectos de investigación siguen estrategias muy distintas. El proyecto de Modha trabaja con modelos de neuronas muy simples en el que se incluye tan sólo el cuerpo de la neurona y un modelo de disparo simplificado. Este modelo permite programar arquitecturas con diseño en paralelo que simulan la actividad de amplias redes neuronales. Por el contrario, la estrategia del equipo de Markham incluye modelos más complejos de neuronas en las que se tiene en cuenta las ramificaciones de las dendritas de las neuronas y la posibilidad de que la sinapsis pueda activar o inhibir el funcionamiento de las neuronas, lo que permite simular procesos que integran distintos niveles de complejidad. En definitiva, el sistema de Modha se adapta mejor a las exigencias de la ingeniería de la computación, mientras que el sistema de Markham intenta ser una simulación más cercana a los procesos biológicos reales.

En esta carrera por ser los primeros en diseñar un cerebro artificial, Modha predice que con el desarrollo de las nuevas técnicas de computación y el aumento de la capacidad de cómputo, se podrá disponer de un cerebro que funcione en tiempo real sobre el 2020.

El trasfondo de la disputa es casi de carácter semántico. ¿Qué significa “modelar el cerebro”? ¿la simulación de inteligencia es inteligencia?. Este es un problema que viene de lejos, tan lejos como el test de Turing para detectar inteligencia en programas.  Lo que se argumenta es que una función o un proceso  simulado, por muy bien simulado que esté, no es una función o un proceso genuino. La simulación de un formula 1 de cartón piedra, por muy bien hecha que esté,  dudo mucho que pueda ayudar a Fernando Alonso a ganar algún premio. De ahí que simular las funciones del cerebro, simular la inteligencia no nos aproximará a la inteligencia misma, nos dicen los filósofos que creen que las funciones y procesos cerebrales dependen de algo más que simples algoritmos matemáticos.

Jack Copeland (Inteligencia artificial. Alianza universidad) ofrece una solución a estas objeciones. La solución pasa por distinguir entre lo que podíamos denominar Simulación1, que sería un tipo de simulación simple en la que no se recogen características esenciales de aquello que se quiere simular; y Simulación2, que es aquella que reproduce exactamente lo simulado.

Si los programas de investigación que pretenden simular el cerebro quieren alcanzar un nivel de Simulación2, deben ser arquitecturas complejas en las que se reproduzcan en sus modelos  las peculiaridades biológicas inherentes al cerebro.  En esta línea de investigación resultan especialmente interesantes los trabajos realizados en el campo de la neurosemántica por C. Eliasmith o D. Ryder. Pero eso será una historia para otro día.


TS-19

En el último capítulo de la serie The Walking Dead, los protagonistas que van quedando consiguen llegar al Centro de Control y Prevención de Enfermedades. El centro está bajo la supervisión del doctor Edwin Jenner, que con la ayuda del sujeto experimental TS-19 intenta encontrar una cura a la enfermedad.

Cuando, tras una buena borrachera, los supervivientes demandan respuestas al doctor Jenner, este les muestra un video de una imagen del cerebro de TS-19 en el que se muestran las lesiones que sufre el sujeto tras haberse infectado, y como después de haber muerto el sujeto resucita, por poco tiempo gracias a la bala que le atraviesa el cráneo, y puede observarse de nuevo la actividad cerebral del nuevo zombi.

Actividad cerebral de TS-19

La conclusión del doctor Jenner es que la actividad cerebral está reducida al cerebelo, encargado de integrar funciones motoras y sensitivas muy básicas, y eso explicaría la falta de conciencia característica de los zombis (como vimos en la entrada anterior de este blog).

La verdad es que el doctor Jenner, probablemente por la falta de tiempo (hay que recordar que él remató al zombi), no pudo realizar un estudio más completo del sujeto TS-19. Por suerte, el Dr. Steven C. Scholzman del centro de Psychiatry at Harvard Medical School ha podido realizar estudios más completos a partir del análisis del cerebro de distintos sujetos experimentales, o de lo que quedaba de ellos.

Una característica peculiar de los zombis es su incapacidad para planificar conductas, de ahí que se pasen el día deambulando a la espera de alimento. Este comportamiento es debido a los daños que la infección ha provocado en su lóbulo frontal. Sin embargo, dado que disponen de cierta habilidad para percatarse de la presencia de seres vivos en su entorno, quizá las conexiones entre el lóbulo frontal y el tálamo no estén del todo dañadas.

Su deficiencia motora (son muy cansinos, pero por suerte bastante lentos y torpes) se debe a una disfunción del cerebelo y de los ganglios basales responsables estos últimos de controlar los movimientos automáticos.

La especial agresividad que muestran se debe a daños en la corteza anterior cingular. Esta zona regula las conexiones entre la amígdala y el lóbulo frontal, de ahí que el cerebro de un zombie esté dirigido fundamentalmente por la actividad de la amígdala y su comportamiento se limite a la satisfacción de emociones básicas, fundamentalmente comer. Su continuo deseo de comer está motivado por daños severos en el hipotálamo, lo que les provoca un “síndrome de déficit de recompensa”.

El diagnóstico del doctor Schlozman es Ataxic Neurodegenerative Satiety Deficiency Syndrome (ANSD)

Título que acredita mis conocimientos en zombilogía. Firmado por la Reina de Inglaterra

582002


¿Puede un zombie romper una puerta con un ladrillo?

Estrenan en televisión la serie “The Walking Dead” basada en el cómic escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore. En una escena, homenaje a la película “la noche de los muertos vivientes”, en la que unos zombis atacan una galería comercial, se puede ver a uno de ellos golpear la puerta de cristal blindado con un ladrillo. Si los guionistas de la serie hubiesen leído algo de filosofía, sabrían que, si bien romper una puerta a ladrillazos puede ser un buen recurso para explicar cómo se fuerza la entrada de unos almacenes, cuando tratamos con zombis el asunto se vuelve más complejo.

Los zombis han sido un recurso, a modo de experimento mental, con el que algunos filósofos han tratado el tema de la conciencia, la atribución de estados mentales a terceras personas, y de paso, arremeter contra el fisicalismo. (El fisicalismo sostiene que podemos describir y explicar qué son y cómo interactúan los estados mentales – entre sí y con el mundo- en términos exclusivamente físicos.)
Los zombis son los malos ideales en cualquier cómic o serie de ficción. Son lentos, torpes, (uno nunca se imagina cómo han podido morder a tanta gente), no tienen conciencia –ni alma, ya están muertos- y por lo tanto se les puede reventar la cabeza sin que eso nos genere mayores dilemas morales. (En la serie, el posible conflicto se supera rápidamente cuando el protagonista le dispara a una pequeña zombi que camina con un peluche cogido de la mano)

Sin embargo, para que el recurso sea eficaz en filosofía hay que hacer ciertos retoques a esta imagen del zombi. En una galaxia muy lejana, o como les gusta decir a los filósofos, en un mundo posible, existen seres que son idénticos a nosotros en todos los aspectos físicos relevantes. Se comportan como nosotros e incluso hablan. Sin embargo, la característica que define a los zombis es que carecen de conciencia. Los zombis no pueden ser detectados analizando exclusivamente su comportamiento, por lo que no se les podría negar el acceso a los estadios de futbol, la militancia en partidos políticos, o su participación en tertulias televisivas. La existencia o no de los zombis plantea el siguiente dilema. Si tal y como sostienen los fisicalistas, el mundo está formado exclusivamente por entidades físicas y relaciones entre entidades físicas, entonces los estados mentales serán idénticos a los estados neurofísicos del cerebro. O simplemente no hay tales estados mentales y todo es reducible a estados y procesos neuroquímicos. Por lo tanto, podemos dormir tranquilos porque los zombis no existen. Pero de otro lado, si los zombis existen (o son metafísicamente posibles), entonces sí se podría afirmar que existen estados mentales, estados de consciencia, que son independientes de los estados físicos, tal y como sostenía Descartes con su res cogitans, y que por lo tanto, en la medida en la que podemos separar las actividades y procesos físicos de las actividades y procesos mentales, el fisicalismo es falso.

David Chalmers

Los militantes de Zombies Wright Watch, entre los que destaca activamente David Chalmers, sostienen que, aunque la idea de que existan los zombies no es concebible, para acabar con el fisicalismo, el reduccionismo o el eliminativismo, es suficiente con pensar que al menos metafísicamente hablando sí son posibles. Los argumentos que se han presentado para defender la plausibilidad de la existencia de una conciencia independiente de los procesos neurofísicos son muchos y variados. Hay que reconocer que a estas gentes imaginación no les falta, y han imaginado todo tipo de situaciones posibles, muchas de ellas más allá de lo que se le puede pedir a un ejemplo mental.

Para imaginar cómo alguien puede llegar a “convertirse” en un zombi, Ned Block (otro destacado activista pro derechos de los zombis) nos pide que imaginemos una situación en la que a una persona le han sustituido cada una de sus neuronas por diminutos seres que realizan las mismas funciones que las neuronas aunque, evidentemente, mediante procedimientos distintos. Por ejemplo, todas las sinapsis neuronales se han sustituido por toques a los iphone de los diminutos. De esta manera los procesos neuroquímicos que ocurren en el cerebro han sido sustituidos por las peculiares conexiones que mantienen los diminutos entre sí. Dado que lo que hacen los diminutos es idéntico a lo que hacían las neuronas, no hay forma de distinguir a estas personas sin neuronas de aquellas otras que sí tienen. Estas personas, nos dicen Block y David Chalmers no pueden ser consideradas seres conscientes y, en este sentido, su situación sería muy parecida a la de los zombis.
Quizá en otro momento podríamos escribir sobre otros argumentos que se han elaborado contra la amenaza fisicalista, pero ahora veamos que nos dicen algunos filósofos naturalistas (en filosofía de la mente hay que tener mucho cuidado con las etiquetas que les colocas a los filósofos. Una etiqueta equivocada y te envía a sus padrinos).

El principal argumento contra la plausibilidad de los zombis es que está mal diseñado. Recordemos que los zombis tienen un comportamiento idéntico al de las personas con conciencia, y es precisamente su comportamiento social lo que impide que sean zombis. Dennett (La conciencia explicada. 1995) ya advirtió que cualquier acto que requiera una reflexión sobre el mismo acto implica necesariamente estados de conciencia. Los zombis, al entrar en contacto con seres conscientes o con otros zombis, al planificar su conducta, al hablar sobre sus estados internos tendrían que ser seres conscientes.

En una línea de argumentación similar, Patricia Churchland (Brain-Wise. Studies in Neurophilosophy) nos propone imaginar una situación parecida para poder comprobar lo absurdo del planteamiento. Imaginemos un planeta en el que los seres que lo habitan están compuestos de células con sus membranas, núcleo, ADN, estructuras internas y que realizan las mismas funciones que las células de los seres vivos que hay en el planeta Tierra. Lo que diferencia a las células de esta Tierra Gemela de las células de nuestro planeta es que ¡no están realmente vivas! Dado que esto sería una posibilidad lógica, entonces podríamos concluir que la vida es independiente de la biología.
¿Puede entonces un zombi romper una puerta de cristal blindado con un ladrillo? No. Desde una perspectiva dinamicista, la conciencia surge como resultado de la interacción entre el sujeto y su entorno. Seleccionar el objeto con una intención concreta y planificar un curso de acción, requiere necesariamente estados de conciencia. Por lo tanto, el sujeto que está intentando romper la puerta de cristal con un ladrillo no puede ser un zombi ¿Qué puede ser entonces? Debe tratarse de un filósofo tratando de pasar desapercibido entre los zombies y que trata, muy sutilmente, de decirles a los que están en el centro comercial que no le disparen.


¿Más neuroimagen y menos “partes de incidencias”

Si una barra de hiero de un metro y cinco centímetros, con un diámetro de dos centímetros y  un peso de cinco kilos y medio te atraviesa la cabeza y tan sólo pierdes la visión del ojo izquierdo, fírmalo. Al menos eso es lo que tuvo que pensar el doctor John Harlow  cuando en septiembre de 1848 atendió a Phineas Gage  en el porche del hotel de la localidad de Cavendish.

Como todo el mundo a estas alturas conoce ya (en caso contrario, léanse los tres primeros capítulos del libro de A. Damasio El error de Descartes) la barra de hierro que atravesó la cabeza del pobre Phineas, penetrando por su mejilla izquierda y saliendo entera a través de la parte superior de la cabeza, dañó especialmente la región anterior del lóbulo frontal del hemisferio izquierdo. La lesión afectó a la corteza prefrontal en la superficie ventral e inferior de ambos hemisferios, dejando intactas regiones dedicadas a las funciones motoras y de lenguaje, lo que explica que Phineas pudiese subir a una carreta de bueyes, soportar un traslado en esas condiciones de más de un kilómetro y contar lo que le había sucedido.

Harlow hizo un buen trabajo, Dios no tanto. Para explicar la asombrosa recuperación que experimentó  P. Gage, el doctor Harlow invocó a la Divina Providencia. «Yo le curé las heridas, Dios lo sanó». Bueno, al parecer muy sano no lo dejó. La vida personal de Phineas Gage se convirtió en un caos absoluto hasta que murió en 1861 a la edad de 38 años. Los cambios que siguieron al accidente afectaron a la facultad de tomar decisiones correctas en su vida, a su juicio moral y a su capacidad para relacionarse con los demás. Volviéndose grosero, dado a las “malas compañías”, al alcohol y siendo incapaz de planificar acciones que pudiese llevar a la práctica con éxito. Lo que el caso Phineas Cage sugiere es que existen zonas del cerebro que son responsables de la práctica de las normas sociales y morales que se han adquirido a lo largo de la vida y que esas habilidades sociales y morales pueden, literalmente, saltar por los aires.

www.epilepsyfoundation.orgCuando a mis alumnos/as les leo un caso descrito en otro libro de Antonio Damasio (En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos ( 2005)) les digo que intenten recordar si conocen una situación parecida a la que manifiesta la paciente tratada por Damasio. En el caso estudiado, se describe la situación de una paciente de edad adolescente cuya conducta era totalmente autodestructiva. A la edad de tres años comenzó a manifestar “insensibilidad al castigo verbal y físico”. “Su adolescencia estuvo marcada por el fracaso a la hora de obedecer normas de cualquier tipo y por enfrentamientos frecuentes con sus iguales y con adultos. Ofendía verbal y físicamente a los demás. Mentía compulsivamente. Fue arrestada varias veces por hurtar en tiendas y robar a otros niños y a su propia familia. […] Nunca expresó culpabilidad o remordimiento por su comportamiento inadecuado ni simpatía alguna hacia los demás. Siempre achacaba la causa de sus dificultades a otros. […] No tenía planes de futuro ni deseo alguno de encontrar trabajo» (Damasio 2005, p. 149-150) En el historial médico de la paciente tan sólo constaba que a la edad de quince meses sufrió una lesión en la cabeza de la que se recuperó a los pocos días. Sin embargo, una resonancia magnética mostró que sufría una lesión similar a la que muestran pacientes con lesiones prefrontales que también manifestaban un comportamiento social anómalo.

La lectura del caso descrito genera una discusión poco habitual en clase. Los alumnos/as afirman que conocen numerosos casos que coinciden con el comportamiento de la paciente de Damasio. De hecho, es alarmante la cantidad de casos que dicen conocer, y lo que es peor, muchos de ellos matriculados en el centro. Las preguntas llegan de inmediato: ¿Es el tratamiento académico, policial y de modificación de conducta que se aplica a estos casos correcto?. Damasio no está sugiriendo que todo comportamiento socialmente anómalo esté vinculado a una lesión cerebral. Sin embargo, muchas personas a las que se les suele calificar como sociópatas, y con otros adjetivos que no mencionaré, sí pueden tener un funcionamiento anómalo del los circuitos cerebrales responsables de su comportamiento social y su capacidad de razonamiento moral.

Una vez que se han descartado las lesiones de origen traumático, ¿qué puede causar esta disfunción de las áreas del cerebro en las que se implementan la capacidad para evaluar nuestra conducta, las consecuencias de nuestros actos y nuestros principios morales? La respuesta de Damasio es preocupante pues incluye desde “emisión anómala de señales químicas sobre una base genética” a “factores sociales y educativos”. ¿Pueden los factores sociales o ambientales modificar nuestros circuitos cerebrales hasta alterar completamente nuestro comportamiento social y moral? ¿Qué grado de responsabilidad tienen estas personas de los actos que cometen? ¿Deberíamos cambiar el tratamiento que se les da en los centros educativos a los alumnos “disruptivos” a la luz de estas investigaciones? Si ya es difícil que los padres acudan a una entrevista o dejen de justificar las faltas de asistencia a clase de sus hijos, ¿quién les dice que les realicen a sus hijos una resonancia magnética?

¿Puede un formalista kantiano transformarse en un emotivista moral como consecuencia de una lesión cerebral? Personalmente me preocuparía más la situación inversa.


NEUROFILOSOFÍA

En ocasiones uno encuentra en su trabajo un hueco que aprovecha para trabajar alguna lectura pendiente. Es entonces cuando algún compañero/a se interesa por lo que uno lee y te pide que le muestres el libro o el artículo. Su reacción depende mucho del departamento al que esté adscrito. Normalmente, los compañeros de las áreas de ciencias te miran con extrañeza preguntándose qué haces leyendo cosas sobre neuronas piramidales. Los  matemáticos/as te miran con suficiencia y, con media sonrisa, te preguntan  porqué te estás peleando con ecuaciones que explican el comportamiento de la actividad de las dendritas de las dichosas neuronas piramidales. Si con buena voluntad intentas explicarles que la filosofía no es ajena a estas cuestiones, y que se interesa por las herramientas que aportan disciplinas como la biología, la química, la ingeniería o la inteligencia artificial, entonces es cuando hacen suya la frase de Shreck, y con más o menos vehemencia te dicen aquello de “¡fuera de mi ciénaga!”.

Si buscas consuelo en tu departamento, los compañeros/as te dirán que la culpa es tuya y que tienes que abandonar cuanto antes esas extrañas ideas que no te van a aportar nada bueno. «¿Desde cuándo los grandes problemas de la filosofía se han resuelto estudiando la frecuencia de disparo de las neuronas o analizando lesiones del lóbulo frontal?» Todo eso no es más que reduccionismo, y te recomendarán, a modo de penitencia, la lectura de algún sesudo escritor -normalmente alemán o francés, aunque también los hay españoles- que trabaja al modo cartesiano, esto es, asomándose a la ventana (de su cuartel) y escribiendo en un papel cuanto le viene a la cabeza para ofrecernos una completa descripción del alma y la naturaleza humana. En realidad la cosa no es tan simple, pero es una manera de describir esa manera de trabajar en filosofía que se conoce como “la filosofía de mesa de camilla”.

Los filósofos que se suelen sentar en la mesa de camilla a desentrañar la esencia última del alma humana, suelen anatemizar, al grito de ¡¡¡fisicalismo!!! Todo cuanto tiene que ver con el conocimiento que se está produciendo en las áreas de las neurociencias cognitivas o la inteligencia artificial. Por otro lado, la relación que existe entre la filosofía y las neurociencias ha sido históricamente de mutua exclusión. Los filósofos creen, salvo excepciones, que la labor que realizan los neurocientíficos no es útil para resolver los problemas que tradicionalmente se tratan en filosofía de la mente. A su vez, los neurocientíficos, descuidan aspectos que tienen que ver con el análisis conceptual o lógico que hacen los filósofos.

La Neurofilosofía podría ser ese lugar común en el que coincidan tanto intereses como estrategias de investigación en las áreas de la psicología, las neurociencias, la inteligencia artificial y la filosofía de la mente. Los descubrimientos empíricos que se vienen realizando desde mediados del siglo XX sobre la estructura y funcionamiento del cerebro, permiten una nueva manera de abordar los problemas clásicos en distintas áreas de la filosofía.

En la década de los sesenta del pasado siglo aparece el término ‘neurociencia’ para designar los trabajos interdisciplinares que se estaban haciendo para estudiar el sistema nervioso, mientras que el término ‘ciencia cognitiva’, en los años setenta, se solía utilizar para referirse a los trabajos relativos a los procesos cognitivos muy vinculados a la teoría clásica de la computación. Serán el psicólogo George Miller y el neurólogo Michael Gazzaniga quien en 1980 acuñen el término ‘neurociencia cognitiva’ como la disciplina que estudia la implementación cerebral de los procesos cognitivos. La posibilidad de vincular los procesos cognitivos con mecanismos neuronales se deben a las investigaciones realizadas por D. Hebb ((1949). The Organization of Behavior. New York: Wiley). Las publicaciones de Hebb fueron pioneras al ofrecer una explicación de  fenómenos psicológicos tales como la percepción, el aprendizaje, la memoria o los desórdenes emocionales, en los términos que ofrece el estudio de los procesos neuronales y de los circuitos anatómicos del cerebro

Es en la obra de Patricia Churchland Neurophilosophy (1986) donde se pone de manifiesto el interés de la filosofía por los procedimientos empleados en la neurociencia y sus posibles aplicaciones a la resolución los problemas epistemológicos y ontológicos tratados históricamente por la filosofía. El  interés de la filosofía por las neurociencias permite establecer una distinción entre la ‘filosofía de la neurociencia’ y la ‘neurofilosofía’. La filosofía de la neurociencia se ocupa de cuestiones relacionadas con los avances que se producen en las diversas áreas de investigación, así como de aspectos epistemológicos y metodológicos. A la filosofía de la neurociencia le corresponde responder a cuestiones del tipo: ¿qué es una explicación neurocientífica?, ¿qué tipo de metodología se usa? o ¿qué relación existe entre las distintas disciplinas que integran el campo de las neurociencias? En este sentido, es especialmente interesante la discusión en torno al problema de la reducción de las ciencias cognitivas o de la psicología a ciencias más básicas. La neurofilosofía, por su parte, tiene como objetivo aplicar los avances y descubrimiento que se realizan en el campo de la neurociencia a cuestiones específicamente filosóficas dando lugar a disciplinas como la neuroética, la neurosemántica o la neuroeconomía.

Espero que este blog sirva a mis alumnos/as para reflexionar y ordenar algunas ideas que surgen cuando se abandona la comodidad y el confort que ofrece la mesa de camilla.


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