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Ciborg: aspectos ético-jurídicos

Quisiera retomar este olvidado blog con una breve reseña que escribí hace ya más de un año para Red Fractal. El tema propuesto para el debate trataba sobre las implicaciones de la introducción de la nanotecnología en el uso de implantes cerebrales. La definición de términos como ‘ciborg’, o la noción de ‘mente extendida’ ya mostraban el potencial filosófico del tema, aunque yo me limité a redactar una breve reseña sobre tres artículos que permiten tener una primera aproximación de las implicaciones éticas y jurídicas del uso de implantes, y de la utilización de la nanotecnología para modificar nuestra arquitectura cerebral y por lo tanto, nuestras capacidades cognitivas.

Los debates y el material que se generó en Red Fractal podéis encontrarlos en estos enlaces

Aspectos éticos y jurídicos sobre el uso de la nanotecnología en la generación de implantes cerebrales

"Los centinelas" Xavier Dorison y Enrique Breccia

“Los centinelas” Xavier Dorison y Enrique Breccia

La creación de organismos cibernéticos abre la posibilidad de crear una realidad en la que la frontera entre lo natural y lo artificial -entre la mente y la máquina- quede diluida. Este escenario será posible mediante el uso de la nanotecnología y el diseño de implantes cerebrales, que permitan la curación de enfermedades y el aumento de las capacidades cognitivas naturales. El uso de esta tecnología genera importantes problemas técnicos, éticos y jurídicos. Sobre estos aspectos voy a citar tres artículos recogidos en Nanotechnology, the Brain, and the Future (Yearbook of Nanotechnology in Society Volume 3, 2013)

  • Adam Keiper (2013) «The Age of Neuroelectronics». Este artículo apareció en en The New Atlantis. A journal of Technology & Society en 2006
  • Berger, F., Gevers, S., Siep, L. y Weltring K. «Ethical, Legal and Social Aspects of Brain-Implants Using Nano-Scale Materials and Techniques» Apareció publicado en NanoEthics 2 (3) 2008
  • Valerye Milleson «Nanotechnology, the Brain, and the Future: Ethical Considerations».

El artículo de  Adam Keiper comienza haciendo un recorrido histórico desde los primeros intentos por vincular los procesos mentales a la actividad cerebral en el siglo XVII, hasta el uso de implantes cerebrales en la actualidad para aumentar las capacidades cognitivas en humanos. El artículo continúa analizando las posibilidades y los problemas que se plantean en el uso de los implantes cerebrales y termina apuntando algunas cuestiones de neuroética al tratar los avances que ofrecen las ingenierías del cerebro en la generación de prótesis neuronales y el impacto que tendrá el uso de esta tecnología en la sociedad.

Los artículos de Francis Berger y de Valerye Milleson se centran en analizar los aspectos jurídicos y las consecuencias sociales que tendría el desarrollo de la nanatoecnología en su intento de generar implantes cerebrales.

Un problema básico que señala Valerye M. es que el uso de nanomateriales puede tener efectos secundarios no deseados sobre las personas y el medio ambiente. Una cuestión clave será, dada la dificultad que existe de experimentar con animales y de proyectar los resultados a humanos, examinar cómo se van a efectuar los experimentos, y cómo se van a establecer las fases de experimentación. En una línea similar Berger plantea aspectos legales que se pueden presentar cuando las personas a las que se les va a realizar un implante no son competentes para dar su consentimiento sobre todos los aspectos que incluye la manipulación del cerebro, entre otras cuestiones porque ni siquiera los propios investigadores conocen el alcance ni las repercusiones de la investigación. En estos casos, los propios pacientes son utilizados como sujetos experimentales.

La cuestión relativa sobre cómo considerar los propios implantes, suscita un debate no solamente jurídico, sino también social puesto que lo que está en juego es el acceso a estos implantes. ¿Deben ser tratados como productos farmacéuticos en el mismo sentido en el que hablamos de medicinas, o deben ser considerados como artefactos? La repuesta a esta cuestión es muy importante pues las normas y reglamentos jurídicos que se aplicarían serían distintos en el caso de que se considerasen a los implantes cerebrales como medicamentos o como artefactos mecánicos.

six_MillionValerye Mileson comienza destacando que aunque existen problemas a la hora de establecer criterios de demarcación sobre qué son “problemas éticos” en el campo de la tecnología, si se acepta que la nanotecnología tendrá un impacto decisivo en temas relacionados con la economía, el medio ambiente, la salud, la educación, la privacidad, la seguridad y la identidad de los sujetos, entonces no hay duda de que la ética, la moral y la filosofía deben dar respuesta a estos problemas.

Desde el punto de vista ético, tanto el artículo de Valerye M. como el de Berger destacan los problemas que se pueden presentar cuando el uso de implantes cerebrales afecten a la identidad de las personas y a los posibles cambios en su persona. El uso de implantes mediante nanotecnología puede servir para aumentar las capacidades cognitivas de personas más allá de lo que requiere su uso médico para sanar deficiencias o aumentando sus capacidades por encima de lo que serían niveles normales. Esta situación genera problemas éticos relacionados con la igualdad de oportunidades y la posibilidad de que la especie humana pueda escindirse en personas con altas cualidades cognitivas adquiridas artificialmente y aquellos grupos sociales que quedarán al margen –voluntariamente o no- de uso de estas tecnologías.

La posibilidad de suplantar procesos cognitivos mediante el implante de prótesis cerebrales tiene una repercusión importante en la Filosofía de la mente y en el intento de superar el debate entre las diversas formas de dualismo y las variedades de fisicalismo más o menos reduccionista. Por otro lado, la imagen tradicional de la mente humana vinculada a la metáfora del ordenador y desarrollada por la Teoría Representacional de la Mente, queda en entredicho si aceptamos que en la relación entre los circuitos neuronales artificiales y los naturales no interviene “lenguaje de programación” alguno, y es problemático sostener una teoría representacional de la mente, al menos tal y como esta se entienden tradicionalmente en filosofía. Pero esto son otras cuestiones.

Algunas cuestiones tratadas en este blog:

Yo, mi smartphone, y yo mismo


¿Más neuroimagen y menos “partes de incidencias”

Si una barra de hiero de un metro y cinco centímetros, con un diámetro de dos centímetros y  un peso de cinco kilos y medio te atraviesa la cabeza y tan sólo pierdes la visión del ojo izquierdo, fírmalo. Al menos eso es lo que tuvo que pensar el doctor John Harlow  cuando en septiembre de 1848 atendió a Phineas Gage  en el porche del hotel de la localidad de Cavendish.

Como todo el mundo a estas alturas conoce ya (en caso contrario, léanse los tres primeros capítulos del libro de A. Damasio El error de Descartes) la barra de hierro que atravesó la cabeza del pobre Phineas, penetrando por su mejilla izquierda y saliendo entera a través de la parte superior de la cabeza, dañó especialmente la región anterior del lóbulo frontal del hemisferio izquierdo. La lesión afectó a la corteza prefrontal en la superficie ventral e inferior de ambos hemisferios, dejando intactas regiones dedicadas a las funciones motoras y de lenguaje, lo que explica que Phineas pudiese subir a una carreta de bueyes, soportar un traslado en esas condiciones de más de un kilómetro y contar lo que le había sucedido.

Harlow hizo un buen trabajo, Dios no tanto. Para explicar la asombrosa recuperación que experimentó  P. Gage, el doctor Harlow invocó a la Divina Providencia. «Yo le curé las heridas, Dios lo sanó». Bueno, al parecer muy sano no lo dejó. La vida personal de Phineas Gage se convirtió en un caos absoluto hasta que murió en 1861 a la edad de 38 años. Los cambios que siguieron al accidente afectaron a la facultad de tomar decisiones correctas en su vida, a su juicio moral y a su capacidad para relacionarse con los demás. Volviéndose grosero, dado a las “malas compañías”, al alcohol y siendo incapaz de planificar acciones que pudiese llevar a la práctica con éxito. Lo que el caso Phineas Cage sugiere es que existen zonas del cerebro que son responsables de la práctica de las normas sociales y morales que se han adquirido a lo largo de la vida y que esas habilidades sociales y morales pueden, literalmente, saltar por los aires.

www.epilepsyfoundation.orgCuando a mis alumnos/as les leo un caso descrito en otro libro de Antonio Damasio (En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos ( 2005)) les digo que intenten recordar si conocen una situación parecida a la que manifiesta la paciente tratada por Damasio. En el caso estudiado, se describe la situación de una paciente de edad adolescente cuya conducta era totalmente autodestructiva. A la edad de tres años comenzó a manifestar “insensibilidad al castigo verbal y físico”. “Su adolescencia estuvo marcada por el fracaso a la hora de obedecer normas de cualquier tipo y por enfrentamientos frecuentes con sus iguales y con adultos. Ofendía verbal y físicamente a los demás. Mentía compulsivamente. Fue arrestada varias veces por hurtar en tiendas y robar a otros niños y a su propia familia. […] Nunca expresó culpabilidad o remordimiento por su comportamiento inadecuado ni simpatía alguna hacia los demás. Siempre achacaba la causa de sus dificultades a otros. […] No tenía planes de futuro ni deseo alguno de encontrar trabajo» (Damasio 2005, p. 149-150) En el historial médico de la paciente tan sólo constaba que a la edad de quince meses sufrió una lesión en la cabeza de la que se recuperó a los pocos días. Sin embargo, una resonancia magnética mostró que sufría una lesión similar a la que muestran pacientes con lesiones prefrontales que también manifestaban un comportamiento social anómalo.

La lectura del caso descrito genera una discusión poco habitual en clase. Los alumnos/as afirman que conocen numerosos casos que coinciden con el comportamiento de la paciente de Damasio. De hecho, es alarmante la cantidad de casos que dicen conocer, y lo que es peor, muchos de ellos matriculados en el centro. Las preguntas llegan de inmediato: ¿Es el tratamiento académico, policial y de modificación de conducta que se aplica a estos casos correcto?. Damasio no está sugiriendo que todo comportamiento socialmente anómalo esté vinculado a una lesión cerebral. Sin embargo, muchas personas a las que se les suele calificar como sociópatas, y con otros adjetivos que no mencionaré, sí pueden tener un funcionamiento anómalo del los circuitos cerebrales responsables de su comportamiento social y su capacidad de razonamiento moral.

Una vez que se han descartado las lesiones de origen traumático, ¿qué puede causar esta disfunción de las áreas del cerebro en las que se implementan la capacidad para evaluar nuestra conducta, las consecuencias de nuestros actos y nuestros principios morales? La respuesta de Damasio es preocupante pues incluye desde “emisión anómala de señales químicas sobre una base genética” a “factores sociales y educativos”. ¿Pueden los factores sociales o ambientales modificar nuestros circuitos cerebrales hasta alterar completamente nuestro comportamiento social y moral? ¿Qué grado de responsabilidad tienen estas personas de los actos que cometen? ¿Deberíamos cambiar el tratamiento que se les da en los centros educativos a los alumnos “disruptivos” a la luz de estas investigaciones? Si ya es difícil que los padres acudan a una entrevista o dejen de justificar las faltas de asistencia a clase de sus hijos, ¿quién les dice que les realicen a sus hijos una resonancia magnética?

¿Puede un formalista kantiano transformarse en un emotivista moral como consecuencia de una lesión cerebral? Personalmente me preocuparía más la situación inversa.


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