La chapuza divina


Galactus

Contaba un viejo chiste que en un concilio los teólogos, una vez desechada la posibilidad de aprehender la Naturaleza Divina de un modo directo, habían decidido que era una mejor estrategia buscar el conocimiento de Dios a través de una analogía. Para decidir cuál era el modo más adecuado de aproximarse a Dios, optaron por llamar a las mentes más preclaras de las artes y las ciencias para que; a partir de la mejor obra de Dios, el ser humano, pudiesen presentar la mejor analogía que permitiera conocer la Naturaleza Divina y sus propiedades. Habló entonces un arquitecto –probablemente masón- y dijo que la mejor analogía para acercarse a Dios era pensar en Él como el “Sumo Arquitecto”. Sólo había que fijarse en el modo en el que estaba construido el ser humano; en el equilibrio de sus miembros; en la articulación de su esqueleto y en la gracia de sus movimientos. No, no corrigió de inmediato un técnico en computación. Dios tiene todas las cualidades de un ingeniero informático. Fijaos en el diseño del cerebro, y su facilidad y rapidez para computar y procesar los datos que recibe. Y así fueron opinando científicos e investigadores de todos los campos y disciplinas, hasta que intervino un filósofo descreído y dijo que Dios probablemente debía ser un político, porque sólo a un político se le ocurre colocar un colector de desechos y un desagüe junto a un parque de recreo.

Aunque no se tenga muy clara cuál es la esencia última de la Naturaleza Divina, si analizamos anatómica y funcionalmente el cerebro humano, hay que admitir que Dios es bastante chapucero. Gary Marcus, profesor de psicología en la Universidad de Nueva York y David J. Linden, profesor de neurociencias en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, coinciden en calificar al cerebro humano como un kluge, esto es, como una auténtica chapuza.

No existe una definición clara de la palabra ‘kluge’ ni cuál es su origen. Gary Marcus (Kluge, la azarosa construcción de la mente humana. Ariel) explica que el término es de origen alemán y podría traducirse como ‘ingenioso’. Aparece por primera vez en 1935 para referirse a un “alimentador de papel de la marca Kluge”. Es en 1962 cuando el vocablo se empieza a utilizar de una forma más extendida a raíz de un artículo publicado por Jackson Granholm, un ingeniero informático, que define el término como «una colección discorde de piezas mal encajadas que forma un todo penoso».

David Linden (El cerebro accidental. La evolución de la mente y el origen de los sentimientos. Paidós) la escribe con ‘d’ (kludge) y nos dice que es una palabra formada por las iniciales de los adjetivos klumsy (‘torpe’), lamely (‘poco convincente’), ugly (‘feo’), dumb (‘tonto’), -but-, good enough (‘aunque bastante bueno).

En cualquier caso, el vocablo ‘kluge’ viene a ser sinónimo de un diseño carente de elegancia, que ofrece una solución burda, y que, sorprendentemente, funciona de una manera altamente eficaz. Vamos, una chapuza cutre que te soluciona un problema. Un buen ejemplo de Kluge es el filtro que se improvisó en la nave Apolo 13 con un calcetín, algo de cinta aislante, una caja de cartón y una bolsa de plástico y que permitió salvar la vida de los astronautas.

El ser humano es una continua sucesión de kluges que se han ido acumulando a lo largo de su evolución. Pensemos, dice Marcus, en el sistema reproductor masculino. Los conductos deferentes que transitan desde los testículos hasta la uretra son más largos de lo preciso para realizar su función. Además, están colocados de una forma totalmente enrevesada, de atrás hacia delante, dando vueltas de 180º hasta el pene. Un diseñador más eficiente habría ahorrado en material conectando directamente al pene un tubo corto.

Parece claro que nuestro diseño anatómico es eficaz, pero no el más eficaz posible, de manera que los kluges, esas soluciones toscas pero eficientes, se van acumulando mientras supongan una solución al problema. ¿También nuestra mente es y opera de forma chapucera?

Un ejemplo claro de ingeniería chapucera da lugar a un fenómeno visual llamado «visión ciega». Las personas que padecen esta enfermedad aunque son ciegas y no tienen conciencia de estar percibiendo en su campo visual, si son capaces de “acertar” dónde está situado un objeto, que dicen no ver. Dado que el número de aciertos cuando se les indican que señalen dónde creen que está colocado un objeto, es superior al que se adjudicaría al simple azar, habría que concluir que, de alguna manera estas personas ven, aunque no sean conscientes de ello.

La explicación de este fenómeno tiene que ver con el diseño kluge del cerebro medio. En esta región se sitúan centros que están involucrados con la visión o el oído y en algunos animales, como las ranas, son los centros principales  que guían el movimiento de propulsión de la lengua para atrapar insectos. En el caso de los mamíferos, las funciones relacionadas con el reconocimiento de objetos se realizan desde áreas de la corteza cerebral.  Podrían distinguirse entonces “dos rutas de la visión”. Una antigua, que iría directamente desde el ojo hasta el colículo superior, una estructura situada en el tronco encefálico, y que se dirige posteriormente hacia zonas del córtex superior. Y una segunda ruta, la ruta moderna, que transcurre desde el ojo hacia el núcleo lateral geniculado, que actúa como una zona de retransmisión de las señales hacia la corteza visual primaria. Desde ahí, surgen nuevas rutas responsables del reconocimiento de los objetos, situadas en los lóbulos temporales; y de su localización y orientación, lóbulos parietales.

Las personas con visión ciega tienen, al parecer, activados la ruta antigua, o el sistema visual más antiguo en el cerebro medio. Esto explicaría que la presentación de puntos luminosos en su campo visual, no consigan activar las rutas modernas responsables del reconocimiento de los objetos, aunque sí la ruta antigua. El sistema visual del cerebro medio podría ser considerado como un sistema antiquísimo que se ha conservado para funciones muy concretas, quizá sistemas de alerta, y sobre el que se ha construido un nuevo sistema. “la evolución tiende a actuar con lo que ya existe; no parte de cero, sino que va realizando modificaciones […] la necesidad de los seres vivos de sobrevivir y reproducirse a menudo impide a la evolución generar sistemas verdaderamente óptimos; como les ocurre a los ingenieros humanos, la evolución no puede desconectar sus productos, y las consecuencias a menudo son igual de torpes, superponiéndose tecnologías nuevas encima de las viejas” (G. Marcus)

No sólo el diseño de nuestra anatomía, o de nuestra mente es un kluge. También las soluciones culturales que ofrecemos a los  problemas de adaptación al medio, o incluso los modelos científicos que desarrollamos para comprender y explicar la realidad, tienen algo de chapuceros (imagino que algo así debería opinar Feyerabend en su Tratado contra el método). Y sin embargo funcionan, o han cumplido durante algún tiempo su función. Junto a estos, inexplicablemente,  existen “modelos” que, como dirían «los hombre de Paco» “tienen lagunillas”. Uno de ellos es la Teoría del Diseño Inteligente. Si de verdad somos el resultado de una evolución dirigida por un diseñador inteligente, el diseñador se tuvo que haber formado en la LOGSE o en el plan Bolonia, porque menuda chapuza.

Acerca de José Luis Fernández Moreno

Profesor de Filosofía (Secundaria). Intereses: Neurofilosofía Ver todas las entradas de José Luis Fernández Moreno

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