¿Más neuroimagen y menos “partes de incidencias”

Si una barra de hiero de un metro y cinco centímetros, con un diámetro de dos centímetros y  un peso de cinco kilos y medio te atraviesa la cabeza y tan sólo pierdes la visión del ojo izquierdo, fírmalo. Al menos eso es lo que tuvo que pensar el doctor John Harlow  cuando en septiembre de 1848 atendió a Phineas Gage  en el porche del hotel de la localidad de Cavendish.

Como todo el mundo a estas alturas conoce ya (en caso contrario, léanse los tres primeros capítulos del libro de A. Damasio El error de Descartes) la barra de hierro que atravesó la cabeza del pobre Phineas, penetrando por su mejilla izquierda y saliendo entera a través de la parte superior de la cabeza, dañó especialmente la región anterior del lóbulo frontal del hemisferio izquierdo. La lesión afectó a la corteza prefrontal en la superficie ventral e inferior de ambos hemisferios, dejando intactas regiones dedicadas a las funciones motoras y de lenguaje, lo que explica que Phineas pudiese subir a una carreta de bueyes, soportar un traslado en esas condiciones de más de un kilómetro y contar lo que le había sucedido.

Harlow hizo un buen trabajo, Dios no tanto. Para explicar la asombrosa recuperación que experimentó  P. Gage, el doctor Harlow invocó a la Divina Providencia. «Yo le curé las heridas, Dios lo sanó». Bueno, al parecer muy sano no lo dejó. La vida personal de Phineas Gage se convirtió en un caos absoluto hasta que murió en 1861 a la edad de 38 años. Los cambios que siguieron al accidente afectaron a la facultad de tomar decisiones correctas en su vida, a su juicio moral y a su capacidad para relacionarse con los demás. Volviéndose grosero, dado a las “malas compañías”, al alcohol y siendo incapaz de planificar acciones que pudiese llevar a la práctica con éxito. Lo que el caso Phineas Cage sugiere es que existen zonas del cerebro que son responsables de la práctica de las normas sociales y morales que se han adquirido a lo largo de la vida y que esas habilidades sociales y morales pueden, literalmente, saltar por los aires.

www.epilepsyfoundation.orgCuando a mis alumnos/as les leo un caso descrito en otro libro de Antonio Damasio (En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos ( 2005)) les digo que intenten recordar si conocen una situación parecida a la que manifiesta la paciente tratada por Damasio. En el caso estudiado, se describe la situación de una paciente de edad adolescente cuya conducta era totalmente autodestructiva. A la edad de tres años comenzó a manifestar “insensibilidad al castigo verbal y físico”. “Su adolescencia estuvo marcada por el fracaso a la hora de obedecer normas de cualquier tipo y por enfrentamientos frecuentes con sus iguales y con adultos. Ofendía verbal y físicamente a los demás. Mentía compulsivamente. Fue arrestada varias veces por hurtar en tiendas y robar a otros niños y a su propia familia. […] Nunca expresó culpabilidad o remordimiento por su comportamiento inadecuado ni simpatía alguna hacia los demás. Siempre achacaba la causa de sus dificultades a otros. […] No tenía planes de futuro ni deseo alguno de encontrar trabajo» (Damasio 2005, p. 149-150) En el historial médico de la paciente tan sólo constaba que a la edad de quince meses sufrió una lesión en la cabeza de la que se recuperó a los pocos días. Sin embargo, una resonancia magnética mostró que sufría una lesión similar a la que muestran pacientes con lesiones prefrontales que también manifestaban un comportamiento social anómalo.

La lectura del caso descrito genera una discusión poco habitual en clase. Los alumnos/as afirman que conocen numerosos casos que coinciden con el comportamiento de la paciente de Damasio. De hecho, es alarmante la cantidad de casos que dicen conocer, y lo que es peor, muchos de ellos matriculados en el centro. Las preguntas llegan de inmediato: ¿Es el tratamiento académico, policial y de modificación de conducta que se aplica a estos casos correcto?. Damasio no está sugiriendo que todo comportamiento socialmente anómalo esté vinculado a una lesión cerebral. Sin embargo, muchas personas a las que se les suele calificar como sociópatas, y con otros adjetivos que no mencionaré, sí pueden tener un funcionamiento anómalo del los circuitos cerebrales responsables de su comportamiento social y su capacidad de razonamiento moral.

Una vez que se han descartado las lesiones de origen traumático, ¿qué puede causar esta disfunción de las áreas del cerebro en las que se implementan la capacidad para evaluar nuestra conducta, las consecuencias de nuestros actos y nuestros principios morales? La respuesta de Damasio es preocupante pues incluye desde “emisión anómala de señales químicas sobre una base genética” a “factores sociales y educativos”. ¿Pueden los factores sociales o ambientales modificar nuestros circuitos cerebrales hasta alterar completamente nuestro comportamiento social y moral? ¿Qué grado de responsabilidad tienen estas personas de los actos que cometen? ¿Deberíamos cambiar el tratamiento que se les da en los centros educativos a los alumnos “disruptivos” a la luz de estas investigaciones? Si ya es difícil que los padres acudan a una entrevista o dejen de justificar las faltas de asistencia a clase de sus hijos, ¿quién les dice que les realicen a sus hijos una resonancia magnética?

¿Puede un formalista kantiano transformarse en un emotivista moral como consecuencia de una lesión cerebral? Personalmente me preocuparía más la situación inversa.

Acerca de José Luis Fernández Moreno

Profesor de Filosofía (Secundaria). Intereses: Neurofilosofía Ver todas las entradas de José Luis Fernández Moreno

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